28 de Diciembre, 2005
theodoe roethke, eeuu
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Theodore Roethke Estados Unidos-1908...
El ciclo
Agua oscura, subterránea, Debajo de la roca y la arcilla, Debajo de las raíces de los árboles, Entró en la luz del día, Surgió de un musgoso túmulo En niebla que el sol podía aferrar.
La lluvia sutil envuelta en una nube Por rodantes vientos fue llevada Lejos de la más fría fuente Donde los elementos se unen Densos en la piedra central. El aire se soltó e hizo sonoro.
Después, con disminuida fuerza, Cayó la plena lluvia, Se canalizó con sonido de cascada Hasta debajo del suelo cerrado de la roca, Bajo el nacimiento de un río, Bajo la primigenia piedra.
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 12:13, Categoría: poesia
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gabriel celaya, españa
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Debo ser algo tonto
porque a veces me ocurre que me pongo a hablar solo,
y digo cosas locas,
digo nombres bonitos de muchachas y barcos
o títulos de libros que nadie ha escrito nunca.
Debo ser algo tonto.
Babeo, grito y lloro.
Los verbos absolutos me llenan de ternura
y esas vocales sueltas, inútiles, redondas,
que vuelan para nada,
me elevan boquiabierto hacia no sé qué gozos.
Soy feliz, y por eso, también un poco tonto.
(Tranquilamente hablando¨, 1947)
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 12:11, Categoría: poesia
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eugenio de andrade, portugal
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Eugenio de Andrade
Portugal
Primeiramente
Acordo sem o contorno do teu rosto na minha
almofada, sem o teu peito liso e claro como um
dia de vento, e começo a erguer a madrugada
apenas com as duas mãos que me deixaste, hesi-
tante nos gestos, porque os meus olhos partiram
nos teus.
E é assim que a noite chega, e dentro dela te
procuro, encostado ao teu nome, pelas ruas álgi-
das onde tu não passas, a solidão aberta nos
dedos como um cravo.
Meu amor, amor de uma breve madrugada
de bandeiras, arranco a tua boca da minha e
desfolho-a lentamente, até que outra boca - e
sempre a tua boca - comece de novo a nascer
na minha boca.
Que posso eu fazer senão escutar o coração
inseguro dos pássaros, encostar a face ao rosto
lunar dos bêbados e perguntar o que aconteceu.
in: As Palavras Interditas- 5ª edição, Porto, 1978
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 12:10, Categoría: poesia
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carmen vascones ecuador
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Carmen Vascones
Ecuador
16
El poder es un lugar ilimitado, torturado por un real femenino. ¿Dónde el patriarcado y el matriarcado?
La desilusión del tótem subyace entre hendijas y mástiles flotando sobre mandos de placer decidiendo la ausencia de un imperio.
El eterno rehén del cordón filial perece en la succión del deseo cuando solo era alucinación y gorjeo.
La cólera del vástago deserta ante el delito carnal.
Una embriaguez subterránea se oye en la negritud convincente.
El constreñido establece un código a la furia del último rey.
Gotea el puñal sobre el desierto febril de los rezagados;
El invierno parece un calvario de promesas.
El tribunal de la apetencia acoge la inscripción de los victimarios.
Los quedados entran a la experiencia intransferible.
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 12:08, Categoría: poesia
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santiago azar, chile
Santiago Azar
Chile
Recados para la mujer de los inviernos
Aquí, hoy, en la desesperación de los inviernos,
me recuesto a tu lado, mi mujer de secretos y llamas.
Quiero sembrar en tu pecho los besos del tiempo
y en los veranos venideros recoger el trigo en este lecho.
Ya sé que deseas que tu nombre lo pronuncien las gentes,
que cuente del inagotable camino que cruzamos,
mas yo te pido silencio y que sólo cante el susurro en la oscuridad,
sólo quiero tu voz de campanas para mis rudos oídos,
sólo quiero tus piernas como árboles fijos en mis manos,
porque me ha despertado toda la lluvia que traes a cuestas,
ese aguacero que revienta por la lengua,
ese trueno que destapas en un grito a las estrellas.
Pero te pido silencio, para que cerquemos nuestro pequeño país,
para que cerremos las puertas al extranjero
y vivamos las multitudes de este universo
en el barco veloz y rotundo de tus labios.
De Canto a la colorina y otros poemas
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 11:11, Categoría: poesia
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veronica pedemonte, españa
LA MADRE
Era fácil ser dúctil.
Y hembra joven que atrae
y que amamanta.
Era fácil seguirlo entonces,
joven él y seguro.
Esperar la palabra adecuada
que lleva a levantarse de la carne,
costilla fiel adherida por la gracia.
Era fácil ignorar el dolor
de abrir la pelvis
y mostrar al mundo
los hijos como bocas.
Fue fácil transitar por las edades
en las que aún el brillo de los ojos
atrapa al caminante y el cabello
desvela impúdico su ritmo.
Y ayudarle a morir,
ya no tan joven él y vos tan sola.
Veías pasar los días de París
como una despedida,
él te daba la mano para cruzar
el puente bajo el puente,
donde los clochards ya no regresan.
Pero ahora, miras atrás
y pides la factura, el éxito, el crédito,
las rentas, el beneficio, la destreza,
el placer, los huesos, el cuerpo,
las raíces, la casa, los juguetes.
Tus primos sonriendo
(como sólo los primos sonríen)
y las fresas goteando de sus bocas.
Y la madre y el padre,
y la casa y sus tumbas.
El lento deambular de la sangre
cuando no lo encontrabas.
La súbita subida de la sangre,
de golpe al corazón, la primavera,
los veranos ardientes, las velitas
de cumpleaños que navegan
el Ganges, mientras, desnudas
la conciencia y te preparas
para entrar en el río sagrado lentamente.
Y sólo encuentras mi hombro,
mi hombro joven a mitad de la vida.
Mi hombro que no sabe si lascivo
o mejor cubierto a la gula del hombre.
Que apenas sostiene el mundo y que no cree
en los trabajos de Hércules y sí
en la locura de Hércules,
lo perdonen los dioses.
Hombro que se rebela contra la esclavitud,
que no se bate aún en retirada.
Verónica Pedemonte
Cuando Europa era el mundo
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 10:56, Categoría: poesia
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veronica pedemonte, españa
EL PADRE
Era fácil ser niña,
subida en tus zapatos.
Tú me andabas el mundo
mientras yo sonreía.
Y, ahora, que no estás, me pesan los zapatos.
Me pesan los zapatos y los días.
Y las costillas que me dejaste en herencia.
Y la mente que me dejaste en herencia.
Y los conceptos de la mente que me dejaste en herencia.
No son los años, ni el volumen proporcional
de hembra multípara en las caderas,
que cruzan las calles, donde antes,
era una niña sin movimiento oscilante en la cintura,
sin movimiento pendular en la mente.
Sin ciclos de la luna.
Ni zapatos de hombre que no me entienden
y se alejan ajenos por la esquina.
Donde un día, no tan lejos,
me comprabas un helado de fresa.
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 10:52, Categoría: poesia
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marianela alegre, argentina
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Fragmentos de lo eterno
I
Hay un mar de arenas y de lunas
y aroma a viejos jardines,
un sol húmedo de río
y un viento espeso que transcurre.
Hay ausencias que duermen en los muros
y una luz que grita en lo profundo,
un tiempo eterno, que inmóvil, sólo observa
y un tiempo inmóvil, que eterno, también muere.
Hay huecos de memoria sin orillas,
crepúsculos todos de olvidados deseos,
un sabor dulce serpenteando entre recuerdos
y uno amargo, que siempre regresa.
Hay, más allá de la mirada ciega
sordos ritmos de acordes gastados,
contornos difusos, petrificadas huellas,
de pasos, de gestos y de sílabas con caricias.
Y escondidos, acechando entre penumbras
hay negados placeres solitarios
cuajados en esperanzas
que se dejan soñar.
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 10:47, Categoría: poesia
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clara janes
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Clara Janés
HUELLAS SOBRE UNA CORTEZA
Como una oveja perdida en la noche
me acogí a la fronda…
El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.
Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.
Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…
¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…
Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.
Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.
Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.
HUELLAS SOBRE UNA CORTEZA
Como una oveja perdida en la noche
me acogí a la fronda…
El día partió con su hato de esperanza,
llevándose las horas y el horizonte virginal
donde todos los brotes apuntaban,
y la noche, que pudo ser cristal para los sueños,
se tornó un ojo oscuro
y el grito airado del muchacho
que me apartaba para dar paso a su rocín.
La tierra se estremeció ante el cuchillo de su voz…
Y yo, que sembraba y recogía,
sacaba agua del pozo,
disponía los alimentos sobre el mantel
y corría por los campos ondeantes de brisa
cuando tenues mariposas
expresaban el cauteloso vuelo del despertar,
sentí que esa voz cercenaba mi aliento.
Como una oveja perdida, sí, vagaba.
Y la noche
se asentó en todos los confines,
y el grito proseguía,
ocupaba la angosta callejuela,
y prendía en mi como una llama
porque, frente a su bestia, nada era yo
para el que lo lanzaba.
Y crecía su ansia de dominio,
y por su voz se abrieron hendeduras,
se cayeron las casas
y estallaron minas en mi seno,
que toda voz de hombre es voz de guerra.
Como una oveja perdida,
como una tierra exhausta de dar fruto
vagaba por el filo de esa voz
que me arrasaba
y establecía el olvido del amor,
y en la senda dejé manchas de sangre…
¡Cúbrelas!, me decía,
convoca una niebla azul
que confunda tus pasos con el mar.
Nadie sabrá si son las olas que han alisado el paisaje
y se mezclan con el humo
y esa nube de ira que se destaca gris
ocultando el umbral de la acogida…
Como una oveja perdida por el amor
me retiré a la espera
y amansé en mí su negación de mis trabajos
y sufrí que su mano, un día hoja suave,
se tornara de acero…
porque hubo un tiempo de inocencia
y el río fértil y sagrado reflejaba nuestros rostros,
de hombre y de mujer,
mezclándolos,
y creimos en el paraíso de nuestro corazón,
y entonces alguien dijo: os daréis las manos como pares,
os pondréis los anillos de igualdad,
compartireis la dignidad y el techo
y vuestras vidas seguirán paralelas
hacia el devenir…
Y en esa espera continúo
porque vuelven las flores del almendro
y se extiende el perfume de romero por los valles,
y blancas campanillas que indican la paciencia.
Yo llevo todavía los panes y los peces,
llevo los higos y las avellanas,
la miel y el vino...
Yo cumplo antes del alba con la luz,
lavo el horizonte con mis palabras,
dispongo el amanecer,
tejo con mis manos los instantes del día,
escribo sobre una corteza las sucesiones y los cambios…
Ninguna de estas cosas es inferior a una transacción,
a la soldadura del ala de una nave antes del vuelo,
al arma que desgarra la tierra,
o al clavo en la madera del ataúd.
Fui espigadora un día,
y pastora por los riscos,
preparé el queso
y por la noche cantaba a las flores dormidas
y a los niños
para que entraran en el dibujo de la luna,
en las ondas de plata,
y se mecieran.
Ahora sólo se oyen susurros de dolor.
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Por lobitogabriel - 28 de Diciembre, 2005, 10:10, Categoría: poesia
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jorge luis borges, argentina
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Guayaquil
No veré la cumbre del Higuerota duplicarse en las aguas del Golfo Plácido, no iré al Estado Occidental, no descifraré en esa biblioteca, que desde Buenos Aires imagino de tantos modos y que tiene sin duda su forma exacta y sus crecientes sombras, la letra de Bolívar.
Releo el párrafo anterior para redactar el siguiente y me sorprende su manera que a un tiempo es melancólica y pomposa. Acaso no se puede hablar de aquella república del Caribe sin reflejar, siquiera de lejos, el estilo monumental de su historiador más famoso, el capitán José Korzeniovski, pero en mi caso hay otra razón. El íntimo propósito de infundir un tono patético a un episodio un tanto penoso y más bien baladí me dictó el párrafo inicial. Referiré con toda probidad lo que sucedió; esto me ayudará tal vez a entenderlo. Además, confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó.
El caso me ocurrió el viernes pasado, en esta misma pieza en que escribo, en esta misma hora de la tarde, ahora un poco más fresca. Sé que tendemos a olvidar las cosas ingratas; quiero dejar escrito mi diálogo con el doctor Eduardo Zimmermann, de la Universidad del Sur, antes que lo desdibuje el olvido. La memoria que guardo es aún muy vívida.Para que mi relato se entienda, tendré que recordar brevemente la curiosa aventura de ciertas cartas de Bolívar, que fueron exhumadas del archivo del doctor Avellanos, cuya Historia de cincuenta años de desgobierno, que se creyó perdida en circunstancias que son del dominio público, fue descubierta y publicada en 1939 por su nieto el doctor Ricardo Avellanos. A juzgar por las referencias que he recogido en diversas publicaciones, estas cartas no ofrecen mayor interés, salvo una fechada en Cartagena el 13 de agosto de 1822, en que el Libertador refiere detalles de su entrevista con el general San Martín. Inútil destacar el valor de este documento en el que Bolívar ha revelado, siquiera parcialmente, lo sucedido en Guayaquil. El doctor Ricardo Avellanos, tenaz opositor del oficialismo, se negó a entregar el epistolario a la Academia de la Historia y lo ofreció a diversas repúblicas latinoamericanas. Gracias al encomiable celo de nuestro embajador, el doctor Melazat, el gobierno argentino fue el primero en aceptar la desinteresada oferta. Se convino que un delegado se trasladaría a Sulaco, capital del Estado Occidental, y sacaría copia de las cartas para publicarlas aquí. El rector de nuestra Universidad, en la que ejerzo el cargo de titular de Historia Americana, tuvo la deferencia de recomendarme al ministro para cumplir esa misión; también obtuve los sufragios más o menos unánimes de la Academia Nacional de la Historia, a la que pertenezco. Ya fijada la fecha en que me recibiría el ministro, supimos que la Universidad del Sur, que ignoraba, prefiero suponer, esas decisiones, había propuesto el nombre del doctor Zimmermann. Trátase, como tal vez lo sepa el lector, de un historiógrafo extranjero, arrojado de su país por el Tercer Reich y ahora ciudadano argentino. De su labor, sin duda benemérita, sólo he podido examinar una vindicación de la república semítica de Cartago, que la posteridad juzga a través de los historiadores romanos, sus enemigos, y una suerte de ensayo que sostiene que el gobierno no debe ser una función visible y patética. Este alegato mereció la refutación decisiva de Martín Heidegger, que demostró, mediante fotocopias de los titulares de los periódicos, que el moderno jefe de estado, lejos de ser anónimo, es más bien el protagonista, el corega, el David danzante, que mima el drama de su pueblo, asistido de pompa escénica y recurriendo, sin vacilar, a las hipérboles del arte oratorio. Probó asimismo que el linaje de Zimmermann era hebreo, por no decir judío. Esta publicación del venerado existencialista fue la inmediata causa del éxodo y de las trashumantes actividades de nuestro huésped. Sin duda, Zimmermann se había trasladado a Buenos Aires para entrevistarse con el ministro; éste me sugirió personalmente, por intermedio de un secretario, que hablara con Zimmermann y lo pusiera al tanto del asunto, para evitar el espectáculo ingrato de dos universidades en desacuerdo. Accedí, como es natural. De vuelta a casa, me dijeron que el doctor Zimmermann había anunciado por teléfono su visita, a las seis de la tarde.
Vivo, según es fama, en la calle Chile. Daban exactamente las seis cuando sonó el timbre. Yo mismo, con sencillez republicana, le abrí la puerta y lo conduje a mi escritorio particular. Se detuvo a mirar el patio; las baldosas negras y blancas, las dos magnolias y el aljibe suscitaron su verba. Estaba, creo, algo nervioso. Nada singular había en él; contaría unos cuarenta años y era algo cabezón. Lentes ahumados ocultaban los ojos; alguna vez los dejó sobre la mesa y los retomó. Al saludarnos, comprobé con satisfacción que yo era el más alto, e inmediatamente me avergoncé de tal satisfacción, ya que no se trataba de un duelo físico ni siquiera moral, sino de una mise au point quizá incómoda. Soy poco o nada observador, pero recuerdo lo que cierto poeta ha llamado, con fealdad que corresponde a lo que define, su torpe aliño indumentario. Veo aún esas prendas de un azul fuerte, con exceso de botones y de bolsillos. Su corbata, advertí, era uno de esos lazos de ilusionista que se ajustan con dos broches elásticos.
Llevaba un cartapacio de cuero que presumí lleno de documentos. Usaba un mesurado bigote de corte militar; en el curso del coloquio encendió un cigarro y sentí entonces que había demasiadas cosas en esa cara. Trop meublé, me dije. Lo sucesivo del lenguaje indebidamente exagera los hechos que indicamos, ya que cada palabra abarca un lugar en la página y un instante en la mente del lector; más allá de las trivialidades visuales que he enumerado, el hombre daba la impresión de un pasado azaroso.
Hay en el escritorio un retrato oval de mi bisabuelo, que militó en las guerras de la Independencia, y unas vitrinas con espadas, medallas y banderas. Le mostré, con alguna explicación, esas viejas cosas gloriosas; las miraba rápidamente como quien ejecuta un deber y completaba mis palabras, no sin alguna impertinencia, que creo involuntaria y mecánica. Decía, por ejemplo:
—Correcto. Combate de Junín. 6 de agosto de 1824. Carga de caballería de Juárez.
Sospecho que el error fue deliberado. Abrió los brazos con un ademán oriental y exclamó:
—¡Mi primer error, que no será el último! Yo me nutro de textos y me trabuco; en usted vive el interesante pasado.
Pronunciaba la ve casi como si fuera una efe.
Tales zalamerías no me agradaron. Más le interesaron los libros. Dejó errar la mirada sobre los títulos casi amorosamente y recuerdo que dijo:
—Ah, Schopenhauer, que siempre descreyó de la historia... Esa misma edición, al cuidado de Grisebach, la tuve en Praga, y creí envejecer en la amistad de esos volúmenes manuables, pero precisamente la historia, encarnada en un insensato, me arrojó de esa casa y de esa ciudad. Aquí estoy con usted, en América, en la grata casa de usted...
Hablaba con incorrección y fluidez; el perceptible acento alemán convivía con un ceceo español.
Ya estábamos sentados y aproveché lo dicho por él, para entrar en materia. Le dije:
—Aquí la historia es más piadosa. Espero morir en esta casa, en la que he nacido. Aquí trajo mi bisabuelo esa espada, que anduvo por América; aquí he considerado el pasado y he compuesto mis libros. Casi puedo decir que no he dejado nunca esta biblioteca, pero ahora saldré al fin, a recorrer la tierra que sólo he recorrido en los mapas.
Atenué con una sonrisa mi posible exceso retórico.
—¿Alude usted a cierta república del Caribe? —dijo Zimmermann.
—Así es. A ese viaje inmediato debo el honor de su visita —le respondí.
Trinidad nos sirvió café. Proseguí con lenta seguridad:
—Usted ya sabrá que el ministro me ha encomendado la misión de transcribir y prologar las cartas de Bolívar que un azar ha exhumado del archivo del doctor Avellanos. Esta misión corona, con una suerte de dichosa fatalidad, la labor de toda mi vida, la labor que de algún modo llevo en la sangre.
Fue para mí un alivio haber dicho lo que tenía que decir. Zimmermann no pareció haberme oído; sus ojos no miraban mi cara sino los libros a mi espalda. Asintió con vaguedad y luego con énfasis:
—En la sangre. Usted es el genuino historiador. Su gente anduvo por los campos de América y libró las grandes batallas, mientras la mía, oscura, apenas emergía del ghetto.
Usted lleva la historia en la sangre, según sus elocuentes palabras; a usted le basta oír con atención esa voz recóndita. Yo, en cambio, debo transferirme a Sulaco y descifrar papeles y papeles acaso apócrifos. Créame, doctor, que lo envidio.
Ni un desafío ni una burla se dejaba traslucir en esas palabras; eran ya la expresión de una voluntad, que hacía del futuro algo tan irrevocable como el pasado. Sus argumentos fueron lo de menos; el poder estaba en el hombre, no en la dialéctica. Zimmermann continuó con una lentitud pedagógica:
—En materia bolivariana (perdón, sanmartiniana) su posición de usted, querido maestro, es harto conocida. Votre siège est fait. No he deletreado aún la pertinente carta de Bolívar, pero es inevitable o razonable conjeturar que Bolívar la escribió para justificarse. En todo caso, la cacareada epístola nos revelará lo que podríamos llamar el sector Bolívar, no el sector San Martín. Una vez publicada, habrá que sopesarla, examinarla, pasarla por el cedazo crítico y, si es preciso, refutarla. Nadie más indicado para ese dictamen final que usted, con su lupa. ¡El escalpelo, el bisturí, si el rigor científico los exige! Permítame asimismo agregar que el nombre del divulgador de la carta quedará vinculado a la carta. A usted no le conviene, en modo alguno, semejante vinculación. El público no percibe matices. Comprendo ahora que lo que debatimos después fue esencialmente inútil. Acaso entonces lo sentí; para no hacerle frente, me así de un pormenor y le pregunté si en verdad creía que las cartas eran apócrifas.
—Que sean de puño y letra de Bolívar —me contestó— no significa que toda la verdad esté en ellas. Bolívar puede haber querido engañar a su corresponsal o, simplemente, puede haberse engañado. Usted, un historiador, un meditativo, sabe mejor que yo que el misterio está en nosotros mismos, no en las palabras.
Esas generalidades pomposas me fastidiaron y observé secamente que dentro del enigma que nos rodea, la entrevista de Guayaquil, en la que el general San Martín renunció a la mera ambición y dejó el destino de América en manos de Bolívar es también un enigma que puede merecer el estudio.
—Las explicaciones son tantas... Algunos conjeturan que San Martín cayó en una celada; otros, como Sarmiento, que era un militar europeo, extraviado en un continente que nunca comprendió; otros, por lo general argentinos, le atribuyeron un acto de abnegación; otros, de fatiga. Hay quienes hablan de la orden secreta de no sé qué logia masónica.
Observé que, de cualquier modo, sería interesante recuperar las precisas palabras que se dijeron el Protector del Perú y el Libertador.
—Acaso las palabras que cambiaron fueron triviales. Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil; si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos. Como usted ve, no he olvidado a mi Schopenhauer.
—Words, words, words. Shakespeare, insuperado maestro de las palabras, las desdeñaba. En Guayaquil o en Buenos Aires, en Praga, siempre cuentan menos que las personas.
En aquel momento sentí que algo estaba ocurriéndonos o, mejor dicho, que ya había ocurrido. De algún modo ya éramos otros. El crepúsculo entraba en la habitación y yo no había encendido las lámparas. Un poco al azar, pregunté:
—¿Usted es de Praga, doctor?
—Yo era de Praga —contestó.
Para rehuir el tema central observé:
—Debe ser una extraña ciudad. No la conozco, pero el primer libro en alemán que leí fue la novela El Golem de Meyrink.
—Es el único libro de Gustav Meyrink que merece el recuerdo. Más vale no gustar de los otros, hechos de mala literatura y de peor teosofía. Con todo, algo de la extrañeza de Praga anda por ese libro de sueños que se pierden en otros sueños. Todo es extraño en Praga o, si usted prefiere, nada es extraño. Cualquier cosa puede ocurrir. En Londres, en algún atardecer, he sentido lo mismo.
—Usted —respondí— habló de la voluntad. En los Mabinogion, dos reyes juegan al ajedrez en lo alto de un cerro, mientras abajo sus guerreros combaten. Uno de los reyes gana el partido; un jinete llega con la noticia de que el ejército del otro ha sido vencido.
La batalla de hombres era el reflejo de la batalla del tablero.
—Ah, una operación mágica —dijo Zimmermann.
—O la manifestación de una voluntad en dos campos distintos. Otra leyenda de los celtas refiere el duelo de dos bardos famosos. Uno, acompañándose con el arpa, canta desde el crepúsculo del día hasta el crepúsculo de la noche. Ya bajo las estrellas o la luna, entrega el arpa al otro. Éste la deja a un lado y se pone de pie. El primero confiesa su derrota.
—¡Qué erudición, qué poder de síntesis! —exclamó Zimmermann.
—Debo confesar mi ignorancia, mi lamentada ignorancia, de la materia de Bretaña. Usted, como el día, abarca el Occidente y el Oriente, en tanto que yo estoy reducido a mi rincón cartaginés, que ahora complemento con una pizca de historia americana. Soy un mero metódico.
El servilismo del hebreo y el servilismo del alemán estaban en su voz, pero sentí que nada le costaba darme la razón y adularme, dado que el éxito era suyo. Me suplicó que no me preocupara de las gestiones de su viaje. (Tratativas fue la atroz palabra que usó.) Acto continuo, sacó del portafolio una carta dirigida al ministro, donde yo le exponía los motivos de mi renuncia, y las reconocidas virtudes del doctor Zimmermann, y me puso en la mano su estilográfica para que la firmara. Cuando guardó la carta, no pude dejar de entrever su pasaje sellado para el vuelo Ezeiza-Sulaco.
Al salir, volvió a detenerse ante los tomos de Schopenhauer y dijo:
—Nuestro maestro, nuestro común maestro, conjeturaba que ningún acto es involuntario. Si usted se queda en esta casa, en esta airosa casa patricia, es porque íntimamente quiere quedarse. Acato y agradezco su voluntad.
Acepté sin una palabra esta limosna última.
Fui con él hasta la puerta de calle. Al despedirnos, declaró:
Releo estas desordenadas páginas, que no tardaré en entregar al fuego. La entrevista había sido corta.
Presiento que ya no escribiré más. Mon siège est fait.
Jorge Luis Borges, En El informe de Brodie
El informe de Brodie fue publicado originalmente en 1970.
© Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1974, 1977, 1979, 1980, 1982, 1987, 1990, 1993, 1994, 1996, 1997, 1998
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Por envio patricia damiano - 28 de Diciembre, 2005, 10:06, Categoría: lecturas
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